Fuenterrabía

Bibliografía

 

Fuenterrabía

 



Digitalizado por la Fundación Sancho El Sabio

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Incluye
FUENTERRABIA

Charles Bernadou

Bayonne, Imprimerie et Librairie L. Lasserre

Año 1895
 
 
 

FUENTERRABÍA



Cada año la vieja ciudad vasco-española celebra con unas curiosas fiestas el levantamiento del sitio de 1638 y la derrota del ejercito de Condé y de La Valette, y estas guerras lejanas del tiempo de Richelieu y Luis XIII se pierden de tal forma en la bruma del pasado, que la mayor parte de los franceses que pasan alegremente el Bidasoa, el sábado 8 de septiembre de 1894, no evocan para nada a los valientes tercios (*) guipuzcoanos y castellanos que combatieron sus padres...

La víspera de la fiesta, muchos cohetes, la iluminación general y los alegres acordes de la charanga municipal saludan a Nuestra Señora de Guadalupe, la patrona de la ciudad. En la iglesia, frente al Ayuntamiento, una salve solemníssima es cantada por el clero.

Al empezar el día el sonido de las campanas y los petardos despiertan a los mutillas (**) de la ciudad, de la marina y de los barrios; pronto llegan de todas partes campesinos y marineros, zapadores y músicos, gentiles cantineras y serios alcaldes y alguaciles. Todo el mundo se agita, se busca y termina por formar en orden en la plaza grande, al pie del viejo castillo de Don Sancho y de Carlos V.

En la iglesia, se celebra una misa rezada y enseguida la comitiva comienza, hacia las ocho, descendiendo por la Calle Mayor y girando a la derecha a lo largo de las murallas a los acordes vivos y alegres del ttittibiriti, la misma marcha que tocaban en 1638 los tercios guipuzcoanos: en cabeza los zapadores, con sus gigantescas tocas de piel de oveja, revestidos de un gran delantal de cuero y cargando sobre el hombro un hacha de carpintero; un caporal les dirige blandiendo un largo serrucho; todos llevan orgullosos mostachos y largas barbas de pelo erizado.

Les siguen los tambores, tamboriles y flautas, que golpean y silban con entusiasmo acompañados por la charanga, todos tocados con la boina roja.

El coronel y el lugarteniente, empuñando la espada, subidos en los vigorosos caballos blancos preceden a las compañías.

Estas son un total de seis, de 25 a 30 hombres cada una, dirigidas por un teniente que empuña el sable: a la cabeza de la primera se lleva el estandarte de la ciudad, una gran bandera blanca sobre la cual se destacan las armas de la MUY NOBLE, MUY LEAL, MUY VALEROSA Y MUY SIEMPRE FIEL CIUDAD DE FUENTERRABIA: consiste de un escudo con cuatro cuarteles: en el 1º, un ángel sobre fondo de oro con las llaves de la ciudad; en el 2º, un león sobre fondo de plata; en el 3º, una barca con una ballena arponeada; en el 4º, una sirena sosteniendo un espejo; en el centro, recamado, un castillo de plata con estrellas de oro sobre azul. En cabeza, Nuestra Señora de Guadalupe.

Al lado del estandarte marcha una gentil cantinera con la boina roja, el corpiño de terciopelo negro ribeteado con galones de oro y una gran pechera blanca con pasamanería de oro, la saya roja, las botas y las polainas amarillas, el coqueto barrilito con las rosquillos (pastas secas) sobre la cadera; la mano, finamente enguantada agita el abanico.

Los mutilas llevan boina roja, chaqueta negra, pantalones blancos, alpargatas, y sobre el hombro el fusil, el mosquete o el fusil de piedras ya que se ven de todos los calibres.

A continuación de esta primera compañía con la bandera de la ciudad, cada compañía va precedida de su teniente, de su estandarte y de su cantinera. Entre estas últimas, siempre graciosas, se aprecia una gran variedad de trajes: corpiños rojos y sayas amarillas, corpiño verde y saya roja, pero siempre la boina roja con pompón, el pequeño barril rodeado de rosquillos y en la mano el simpático abanico.

Solo una de las cantineras lleva fieramente un mosquete.

Las dos últimas compañías están compuestas por marineros, unos con camisa roja, con boina, otros en camisa azul con sus gorras de lobos de mar sobre las cuales se destaca en letras de oro: ¡Viva la Virgen de Guadalupe! Entre estos marineros, muchas caras pintorescas.



Estas compañías recuerdan sin duda, tanto al ej��rcito de socorro enviado por el rey de España, como a las cinco compañías que bajo las órdenes del valiente gobernador Don Domingo de Eguia, abastecían y defendían el frente de la plaza, y que cita, en su curiosa obra, el P. Palafox y Mendoza : Don Juan de Beaumont en el boulevar de la Reina; -- Don Juan Garcés, en la puerta de Santa María, en la entrada de la Calle Mayor; - Don García de Alvarado, en el lado del Palacio; -- Don Juan de Esain, en la estacada; Martín de Elizalde e Iñigo López de Ondarra, con los tercios de Tolosa y de Azpeitia, en la estacada de San Felipe y los boulevares de Leyra y de la Magdalena; -- y para terminar el alcalde, capitán Diego de Butrón, encargado con los hombres de Fuenterrabía de la ronda general (1).

En cuanto a los zapadores de barba hirsuta, son, según dicen nuestros amigos de Euskal Erria, los descendientes del ejército de Condé enterrados en los fosos de la ciudad.

Actualmente cada barrio, la Marina, e incluso un barrio de Irún (las Ventas) reivindican el honor de formar estas compañías; y es entre los jóvenes, a quienes toca elegir cuidadosamente a la más cabal y bella de las cantineras.

Después de las compañías vienen dos pequeños cañones arrastrados cada uno de ellos por un mulo, precediendo inmediatamente a la cruz y al clero.

Detrás del clero van el alcalde, el señor alcalde de Laborda, y su adjunto.



Por una soberbia carretera en zig-zag, la procesión atraviesa el llano cubierto de campos de maíz y de huertas, y sube en seguida las primeras pendientes del Jaizquíbel, dejando a derecha y a izquierda numerosos caserios de los que algunos, con sus frágiles galerías y sus puertas románicas, ofrecen un carácter singular. A medida que se asciende, la vista se extiende, soberbia, sobre Fuenterrabía destacándose con el elegante campanario de su torre; allá Hendaya; toda la costa y el mar a la izquierda hasta la desembocadura del Adur y las playas de Capbreton; del otro lado, sobre Irun, Biriatou, las cimas de San Marcial y las imponentes masas de la Rhune y las Tres Coronas: en medio de este maravilloso paisaje vivamente esclarecido por un sol radiante, las aguas azules del Bidasoa corren en caprichosos meandros. Se adivina la Isla de los Faisanes con su verde follaje al fondo, y mas allá, el puente internacional y Javelot, la minúscula estación francesa.

Llega al fin la procesión, poco antes de las diez, al Santuario de Guadalupe: la pequeña capilla está dominada por una elegante y esbelta torrecilla; al lado y unida por una galería está la casa de la serora, verdadera posada con majestuosos toneles de sidra en la entrada.

Estas construcciones, cuyos primeros vestigios remontan a 1570 aunque han sido varias veces reconstruidas, en 1641 justo después del asedio, y mas tarde aún, son bastante sencillas; la misma capilla es muy pequeña, se compone de una sola nave de quince a veinte metros de longitud por ocho o diez de anchura, está muy bien adornada, y sobre el altar se destaca la ingenua y curiosa imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, revestida de una soberbio traje con brocados azules. En la sacristía se ve una inscripción que recuerda la veneración de los guipuzcoanos por este santuario, y que debe datar de antes del siglo XVII:

HE ESCOGIDO Y HE SANTIFICADO ESTE LUGAR PARA QUE ESTE HALLI MI NOMBRE PARA SIEMPRE Y ESTEN FIJOS SOBRE EL MIS HOJOS Y MI CORAZON EN TODO TIEMPO

Sólo el alcalde y una parte de la procesión pueden acompañar al clero en esta capilla: la misa aquí es cantada, y un padre, el Reverendo Francisco Guilbeau pronuncia en vasco una calurosa alocución, mientras que por los alrededores bulle la muchedumbre.

Delante de la capilla y de la posada se extiende, en efecto, una explanada con arboleda, bancos y mesas de piedra; en el centro una fuente elevada con una ingenua imagen de la Virgen con esta inscripción:

GUADALUPECOAC
ONGI ETORRI (2)

alrededor y en el pié, pequeños grupos de árboles y las cruces de un Calvario.

Terminada la misa y hasta la una, se almuerza, se festeja y se baila; de vez en cuando estallan petardos y disparos de mosquetes despertando los ecos. El día es admirablemente bello, la brisa es fresca, ¿para qué apresurarse?, ¿no hay que celebrar aquí mismo el valor del Almirante de Castilla y de sus valientes quienes, en la mañana del 8 de septiembre de 1638, coronaron estas alturas llevando a Fuenterrabía el socorro tanto tiempo esperado?



Los trenes de las 10 y del mediodía han traído sin embargo muchos extranjeros a las estaciones de Irún y de Hendaya, y toda una flotilla de barcas transporta a los turistas a Fuenterrabía. Abajo también se almuerza y ya hay mucha gente en las cidrerias y en las posadas: comida, claro, por completo española: puchero, pollo asado, vino de Navarra y sidra de Hernani.

Acabado el almuerzo, y esperando el regreso de la procesión, se visitan las pintorescas calles con sus balcones adornados con cortinajes, bonitos reposteros bordados o sencillos lienzos blancos con algunas flores; por aquí y por allá algunos palacios casi derruidos muestran aún las vigas y los espléndidos escudos, como el de los Ladrón de Guevara; entramos en la iglesia desierta y silenciosa.

Esta iglesia de Fuenterrabía, de puro estilo ojival del siglo XVI, es preciosa con sus tres naves, sus retablos, su choro y sus altas bóvedas con nervios entrecruzados; la pila bautismal donada por la corporación de naveguantes data de 1577; sobre la puerta de la sacristía se destaca el escudo de la ciudad. Pero el retablo del altar mayor, muy reciente, es de bastante mal gusto, y las grandes ventanas primitivas han sido torpemente condenadas. Por el contrario, varios de los altares laterales se adornan con ricos retablos delicadamente tallados; en uno de ellos se aprecian bellos recuerdos traídos de Jerusalén por el último de los historiadores del Sitio de 1638, don Antonio Bernal de O´Reilly.

La sacristía es amplia, equipada con buenos arcones, y desde el balcón, la vista sobre el Bidasoa y Hendaya es bellísima. El campanario de la torre es muy elegante y desde allá arriba las pendientes laderas del Jaizquibel ofrecen un efecto encantador aun cuando las grandes campanas sólo permiten divisarlas furtivamente.

A uno de los pilares de la nave se han adosado tres bajo relieves que seguramente provienen de una iglesia más antigua y representan, a nuestro parecer, el martirio de Santa Catalina.

Justo al lado de la iglesia está el antiguo castillo de Sancho Abarca y de Carlos V, con sus bóvedas y su amplia terraza… Pero, ¡ay!, este escenario de las viejas glorias de Fuenterrabía es una ruina explotada por particulares a 50 céntimos por visitante! El Gobierno de la Reina debería recomprar el castillo y conservarlo cuidadosamente como uno de los más bellos monumentos históricos de Guipúzcoa.

En la parte inferior del viejo Fuenterrabía se visita la Marina, el barrio de los pescadores convertido hoy en el de los bañistas elegantes de Madrid y de otros lugares: ¡contraste total con las viejas murallas y los antiguos palacios de la ciudad! Un gran hotel y numerosas casas de moderna apariencia, con miradores, se han construido ahí desde hace unos veinte años.

Pero mas allá, y en una calle paralela a la gran avenida, se encuentra el antiguo barrio de los pescadores con sencillas y humildes casitas, adornadas con vigas y miradores de inclinación a veces inquietante. Algunos soldados de la procesión, e incluso una de las elegantes cantineras, ya de vuelta, descansan allí esperando la solemne llegada. Al final de esta calle, a la izquierda y elevada por unos escalones, hay una humilde capillita consagrada a santa Magdalena. Nada puede ser mas sencillo, mas ingenuo y también mas emotivo que este santuario ¡cerrado por un simple picaporte! pero al igual que todo, limpio y digno! dos velas se queman ante una capilla del Cristo con una Virgen dolorosa y un san Juan muy expresivos.

Al final de las dos calles, la carretera continúa bordeando el Bidasoa, y conduce, por un delicioso paseo, al cabo de Higuer. A la derecha, la playa de Hendaya, y mas allá el mar azul agitado por la brisa del noroeste. Al pie de este largo muelle están ancladas numerosas embarcaciones de pescadores, trincadoures y pinasses.

Regresamos a la ciudad dando la vuelta por su parte sur. Los muros también son soberbios, y es a través de una antiguo pontón del siglo XVI, semi hendido, por donde entramos en la ciudad: los extranjeros son aun mas numerosos si cabe; en los balcones se ven elegantes vestidos, y la Calle Mayor está animadísima; los chiquillos silban, aragoneses y gallegos ciegos tañen la guitarra cantando gangosamente unas seguidillas; chicos y chicas ofrecen abanicos con corridas de toros e ingenuas medallas de la Virgen de Guadelupe. Nos colocamos sobre la muralla que se alza frente al Jaizquibel y al pie de la cual pasa la carretera: las descargas de fusil se suceden cada vez mas rápidas y frecuentes, algunas boinas rojas y banderas surgen aquí y allá sobre los campos de maíz: las campanas de N. S. de Guadalupe lanzan al vuelo sus voces chillonas y pronto las grandes campanas de la iglesia les hacen eco.

En fin, hacia las dos y media, los zapadores aparecen al final del camino marchando con su paso cadencioso: a continuación viene el resto de la procesión en el mismo orden que al principio, tambores, flautas, charanga tocando y silbando a cual mejor; comandante y compañías marcan el paso. Cuando llegan a la esquina de la carretera, frente a la muralla, cada compañía se detiene y saluda con una última salva de mosquetería a Nuestra Señora de Guadalupe; los dos cañones se detienen igualmente y descargan su metralla, en honor de los sitiados de 1638.

La procesión entra enseguida en la Calle Mayor, y desde el alto de la terraza de la iglesia el espectáculo es interesante y grandioso: flautas, tambores y charanga tocan animadamente el ttiti biriti; los zapadores avanzan marcando el paso y se detienen de vez en cuando: cada compañía, al pasar delante del ayuntamiento (Casa Consistorial) saludan con una descarga; después, desfilando delante de la iglesia, llevan el arma en el brazo. Los mutilas están entusiasmados, algunas cantineras parecen algo cansadas; pero la última, la única que va con el fusil al hombro, va decidida y amable, sin el menor asomo de coquetería.

Las compañías van a reunirse en la plaza grande, el clero entra en la iglesia seguido del alcalde.

Las tropas vuelven a descender por la calle y forman las filas a lo largo de la Calle Mayor: alcalde y párroco salen de la iglesia siguiendo al estandarte de la ciudad que se iza solemnemente en el balcón de la Casa Consistorial. El alcalde y el párroco aparecen en ese balcón, el comandante blande su espada, y de repente todos los fusiles saludan a la bandera con una última descarga de mosquetería.

Son las cuatro, y todo el mundo corre a la Plaza de los toros. Este circo, al pie de las murallas, es bastante grande y bien construido, pudiendo albergar a cinco o seis mil personas. Mucha gente: el alcalde preside. Cuatro toros han debido ser sacrificados, pero nosotros nos fuimos muy descorazonados después del tercero y cuando el cuarto acababa de voltear y de hacer caer a un desgraciado banderillero.

Este horrible juego ¿es auténticamente vasco?, ¿y en las corridas de novillos del último siglo en Guipúzcoa, en la taurorum venatione de la que habla un buen padre jesuita de las Acta Sanctorum relatando las fiestas de san Ignacio en Azpeitia en 1642, se llegó a matar al toro, destripando los caballos y demás? Por el honor de los guipuzcoanos y navarros, preferimos creer que este atroz final ha sido impuesto por los aficionados de Madrid y Sevilla, y es realmente una lástima en nuestra humilde opinión.

Pero, hay que confesarlo, este no es el punto de vista de la mayoría: nuestras gentiles cantineras incluso parecen disfrutar de este extraño espectáculo que, además es bastante monótono.



Los últimos rayos de Phoebus nos vienen a acariciar desagradablemente del lado de Jaizquibel hacia las seis, y nos recuerdan que hay que marcharse, ¡ay! sin poder asistir a los fuegos artificiales de la noche y admirar el zezen zusco (toro de fuego), broche obligado de todas las fiestas de la provincia.

Al día siguiente, lunes 10 de septiembre, tiene lugar en la iglesia parroquial de Fuenterrabía, un servicio fúnebre por el descanso de las almas de los valientes soldados de 1638, con oración fúnebre pronunciada por el doctor D. Jesús María Echeverría.

Esperamos que, clero, alcalde, ayuntamiento y vecinos de Fuenterrabía habrán asociado en sus oraciones y en su com��������n admiración a los desgraciados soldados de Condé y de la Valette y los tercios de Guipuzcoa y de Castilla. Después de mas de 250 años, estos valientes ¡pueden y deben gozar allá arriba todos juntos de una paz gloriosa!



Notas del autor:
(1) D. Juan de Palafox y Mendoza. Sitio y Socorro de Fuenterrabía y sucesos del ano 1638. Madrid, Ibarra MDCCXCIII. Ver también Bizarria Guipuzcoana y Sitio de Fuenterrabía, por D. Antonio Bernal de O'Reilly. San Sebastian, 1872.
(2) Bienvenidos a la gente de Guadalupe!

Notas del traductor:
(*) Todos los términos escritos en cursiva son originales en el texto
(**) J����venes